Lo que han votado los ciudadanos en las
elecciones generales celebradas en España el pasado domingo se puede sintetizar en una frase: "España, ni rota ni encadenada".
España no está rota ni el PSOE la va a romper. Así parece que se deduce de lo interpretado por los votantes que le han dado a los socialistas otra muestra de confianza y la mayoría -con 169 escaños- para que gobierne cuatro años más.
Y no se rompe aunque se gobierne con nacionalistas republicanos en Cataluña (ERC), o con comunistas de IU, como se puede deducir de los resultados que se han dado en esa Comunidad Autónoma y en el resto de España, porque los ciudadanos también saben que, al margen de sus idearios políticos, estos partidos o coaliciones son tan democráticos como los demás, y en democracia todas las ideas son respetables si los métodos para conseguir los fines que representan se ajustan a las leyes del Estado de derecho.
Pero los electores también han mandado otro mensaje a la clase política: no desean una España encadenada como parecía deducirse de la actitud del PP durante la anterior legislatura y a lo largo de la campaña electoral. Por eso le han dado 153 diputados que no es suficiente para gobernar.
No desean tener una España encadenada a la extrema derecha -ya lo estuvo durante 40 años de dictadura-. Tampoco quieren verla encadenada a la Iglesia católica que trata de sojuzgar la libertad de las conciencias de los individuos, e imponer un estado catolicista donde la ley civil esté sometida a la ley religiosa, la católica por supuesto (igualito, igualito que en un estado islamista, pero en versión católica), tal y como los predicadores de alguna de sus emisoras de radio proclaman a los cuatro vientos.
El PP debe tomar nota, porque la apología "España=Patria y Altar" que ha propalado en los últimos años -copiando la idea "España=Trono y Altar" de los integristas que luchaban contra la implantación del liberalismo en nuestro país a comienzos del siglo XIX- es cosa de sermones de reaccionarios de aquella época como el padre Cádiz, el padre Vélez, el padre Alvarado...
España, como ocurre con otros países que saben lo que nos depara este mundo globalizado, trabaja por ser un estado moderno, un "estado plastilina", moldeable, para ajustarse y dar respuesta a las nuevas necesidades que se van presentando en el escenario internacional. Pero, eso sí, una plastilina sin roturas, bien ligada, multiforme, porque si se convierte en un "estado piedra", absolutamente rígido, prismático, el riesgo de quiebra, de convertirse en añicos, es mucho más probable si recibe un fuerte golpe en alguno de sus puntos sensibles.
El pueblo español ha entendido esto y por esa razón ha estado a la altura de las circunstancias una vez más.